El País
Antonio Navalón
20 de julio de 2014

El presidente español viajó México, en su primera visita oficial como paso para la reconciliación


Adolfo Suárez, de visita oficial a México, estrecha la mano del presidente José López Portillo, en 1977. / efe
Era un 24 de abril de 1977. Aquel día, un joven y sorpresivo Adolfo
Suárez, 15 días después de legalizar el partido comunista, a 54 de las
primeras elecciones libres en España, con la tinta aún fresca de la
firma en París del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Madrid y México,
descendió de un avión de Iberia en el recién inaugurado aeropuerto de
Cancún, convirtiéndose en el primer presidente español que viajaba a
territorio mexicano en 40 años.

Suárez iba camino de Washington a explicarle a la Administración de
Carter por qué dos semanas antes había legalizado a los comunistas tras
cuatro décadas de ostracismo y persecución. España se reencontraba con
la democracia.

No supe entonces, ni lo sabremos quienes le tratamos como
colaboradores y amigos, qué sabía o intuía Adolfo Suárez. Pero vistos
con perspectiva, sus movimientos demostraban o una sabiduría consciente o
una intuición inconsciente para hacer lo debido en el momento adecuado.

México, el único país que nunca reconoció a la dictadura franquista,
era un país cercano en el resentimiento y lejano en el conocimiento para
los hijos del régimen (incluidos quienes no querían serlo o quienes lo
fueron, como era el caso del entonces presidente del Gobierno español).
Para Franco, la relación con México terminó con Hernán Cortés.

Suárez se empeñó personalmente en que su primera visita —en aquellos
frenéticos momentos de América— fuera a México. El entusiasmo de
Santiago Roel, ministro de Asuntos Exteriores mexicano entre 1976 y
1978, y la inteligencia política del entonces presidente José López
Portillo, consciente de que había que cerrar el apoyo a la Segunda
República en el exilio y recibir a la Monarquía, hicieron el resto.

En medio hubo grandes lecciones de sabiduría y de generosidad sin precedentes: fue el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940), Tata
para los mexicanos, quien abrió las puertas del país al exilio español.
Todavía estaba fresco en la memoria del Ministerio de Exteriores y de
México cuando hubo que comprar el Hôtel du Midi, en el centro de
Montauban, en una de cuyas habitaciones agonizaba el último presidente
de la República Española, Manuel Azaña, para que muriese en el suroeste
de Francia, pero en territorio mexicano, amparado por su legación y
cubierto por la bandera tricolor.

Cárdenas nunca consintió la humillación inherente a la victoria de la
España que ganó la Guerra Civil. Entendió que todo ese caudal de
inteligencia, sensibilidad y creatividad y esa tragedia humana podían
ayudar a alumbrar al nuevo México… Y consagró el derecho al asilo.

Pero Suárez sabía que para lograr la reconciliación nacional era
necesario que los exiliados volvieran, los presos políticos salieran y
se afrontaran los demonios familiares, uno a uno. Sabía que contaba con
pocos militares (apenas los dedos de una mano) que no fueran franquistas
y menos policías. Sabía que se iba a reencontrar con algunos de los
viejos demonios familiares que habían permitido justificar el aparato
del odio, de la propaganda y de la Guerra Civil.

Sabía que llegaba al país donde estaban los restos que no murieron
con Azaña y su viuda, Dolores Rivas, junto a tantos otros que los
acompañaron en aquel camino de la lucha que explica en parte la derrota
de la Guerra Civil del bando republicano. Sabía que era importante
comenzar a dar las gracias y a cerrar heridas.

López Portillo —a quien se le debe el enterrar el estigma del gachupismo
y el creerse, curarse e incorporar dos partes de la historia
fragmentadas, separadas por los kilómetros entre España y México— hizo
una advertencia a Suárez que él siempre me relató en primera persona:
“Justo antes de empezar la revisión de las tropas en el Palacio Nacional
y de ver en la plaza del Zócalo la bandera española junto a la
mexicana, López Portillo me hizo un comentario: ‘Señor presidente,
bienvenido a México. Le pido que transmita a Su Majestad que, en caso de
no cumplir completamente la incorporación de España a las democracias,
México restablecerá su relación republicana con el Gobierno en el exilio
que nunca se autodisolvió y volveremos a ser la tierra de asilo para
los demócratas españoles’. Suárez le contestó: ‘Presidente, si Su
Majestad y este presidente no pudiéramos culminar nuestra promesa de
democratizar plenamente a España, tenga usted por seguro que los
primeros exiliados de la nueva oleada seremos Su Majestad y yo”.

Fue un bello acto de generosidad política por ambos lados, de una
gran visión con un resultado sabio que empezó a cerrar el dolor de las
viejas heridas.

Pero si el exilio fue fundamental para la modernización de México,
ese cierre histórico dio lugar a situaciones insospechadas en la
historia de los dos países.

Hubo protagonistas como Rodolfo Echeverría, subsecretario de
Gobernación e interlocutor con el Gobierno español en aquel entonces y
enlace con la oposición democrática al franquismo, que no sólo acabaron
con la historia de rechazo mutuo —con razón— de la España colonial, sino
que dieron un paso decisivo para la normalización entre los que se
fueron, los que se tuvieron que ir y los que llegábamos a la democracia.

Ese reencuentro con México y el exilio, esas nuevas relaciones entre
los dos países rotas desde 1939, fueron la contribución mexicana en
pensamiento, testimonio y generosidad, y retroalimentaron el éxito de la
Ilustración por primera vez en España, que empezó con el mandato de
Suárez.

El
resto de la historia es más conocida: México impuso varias condiciones,
todas ellas humanitarias. Durante 40 años, no sólo todos los bienes
mexicanos en España habían sido confiscados por Franco, sino también
todos los intereses españoles en aquel país se pusieron a disposición de
las fuerzas del exilio. Había que transitar un camino y se hizo por la
avenida grande y no por el callejón trasero de los pequeños intereses.

De aquel histórico viaje salieron dos acuerdos: uno, el compromiso de
Suárez (pedido por México y respaldado por él) de respetar los derechos
pasivos de los emigrantes españoles que habían huido para salvar su
vida. Dos, que México se convertiría en el principal aliado de la buena
nueva democrática para su consolidación en el resto de los países
latinoamericanos.

Cuándo Suárez despegó de Ciudad de México rumbo a la capital
estadounidense, sabía que tenía un aliado, pero no la dimensión de su
significado en el camino de la democracia española. La ayuda mexicana no
sólo devolvió la paz a los sepulcros de aquellos que murieron lejos de
España, por la barbarie de la Guerra Civil, sino que invirtió y creó bonos de credibilidad democrática como padrino, amigo y defensor, una de las grandes actuaciones políticas que tuvo el criticado y denostado López Portillo.

Quienes a un lado u otro de los dos Gobiernos tuvimos el privilegio
de vivir eso, sentimos haber tenido la oportunidad de participar en algo
no sólo histórico, sino en un reencuentro más allá de la historia, de
los dictadores, de las cosas mal o bien hechas por ambas partes: el
encuentro del tronco común y de la búsqueda de la institucionalización
de los dos países casi al mismo tiempo. No olvidemos que ese es también
el momento en el que López Portillo y Jesús Reyes Heroles, como
secretario de Gobernación, hacen aprobar la Ley de Libertad de Partidos
Políticos del PRI. Es decir, termina y comienza, en otro sentido, la
transición mexicana que se extendería hasta el 2 de julio de 2000.