El País
*Rodolfo Echevarría
20 de julio de 2014

El hombre que reconstruyó las relaciones México-España tras la llegada de la democracia cuenta cómo fueron aquellos días.


El embajador de la República en el exilio, Manuel Martínez Feduchy, a la
derecha, entrega la sede diplomática al encargado de negocios de
España, en 1977. / efe



Una mañana de enero de 1977, el presidente de México, José López
Portillo
, me manifestó su firme decisión de reestablecer relaciones
diplomáticas con España. Yo desempeñaba entonces la subsecretaria de
Gobernación en el recién inaugurado Gobierno.

Entre los años 1974 y 1976, integrante como era del Comité Ejecutivo
Nacional del PRI, me había ocupado, por encargo de Jesús Reyes Heroles,
presidente del partido, de mantener y desarrollar relaciones políticas
con los principales dirigentes de la Junta Democrática de España
organizada en París durante aquellos años. Sus principales líderes
(Santiago Carrillo, José Vidal Beneyto, Rafael Calvo Serer, Raúl Morodo)
viajaban por el mundo y explicaban cómo percibían y de qué manera
podrían inducir el inevitable aunque dificultoso tránsito español hacia
la democracia.

Vinieron a México varias veces. La última, en 1975, poco antes de la
muerte de Franco, cuando López Portillo se encontraba en plena campaña
electoral. Nacía entonces una estrecha relación política entre el PRI y
la Junta Democrática, concebida esta última, quizá, como primera semilla
de lo que meses después supondría el complejo proceso de la transición
española hacia la democracia.

De manera paralela fui conducto para establecer, también en París, un
mecanismo permanente de comunicación política entre México y el último
Gobierno de la República española en el exilio. Por esa razón, el jefe
del Estado mexicano me ordenó que hablara con el presidente del Gobierno
español en el exilio, José Maldonado, con el fin de examinar la
posibilidad de encontrar fórmulas jurídicas y políticas adecuadas que
permitieran a México y a España reanudar sus relaciones diplomáticas.

México las mantenía incólumes con el Gobierno republicano español en
el exilio. La Unión Soviética y la Yugoslavia de Tito, países durante
muchos años amigos de la República Española, ya tenían hace tiempo sus
embajadores respectivos en Madrid.

México era el único país que se mantuvo fiel a la legitimidad
representada por esos ilustres exiliados que hasta el último día de sus
vidas estuvieron convencidos de los valores éticos y políticos
inherentes a los principios jurídicos de la República vencida por una
sublevación que desencadenó la devastadora Guerra Civil.

El presidente mexicano —discípulo y amigo del ilustre jurista
republicano español Manuel Pedroso en la Facultad de Derecho de la
Universidad Nacional Autónoma de México— consideraba imprescindible
inaugurar las relaciones diplomáticas con la nueva España apenas
iniciada su vida democrática, pero, por otro lado, no quería romper con
el Gobierno de la República Española en el exilio.

Habían transcurrido casi cuarenta años de solidaridad y afinidad
política con quienes perdieron la guerra y era preciso hallar una
fórmula indolora capaz de facilitar a México la inauguración de
relaciones con la naciente democracia sin herir el decoro y la dignidad
de los republicanos.

“Viaja a París”, me dijo el jefe del Estado, “y recuérdales a
nuestros queridos amigos que, durante cuatro décadas ininterrumpidas,
México guardó fidelidad absoluta a la legitimidad representada por ellos
al amparo de una convicción radical, condensada en la célebre frase del
presidente mexicano Adolfo López Mateos, repetida por él cada vez que
la prensa nacional o internacional le inquiría en torno al momento en
que consideraría oportuna la reanudación de relaciones entre ambos
países: ‘Con España todo, con Franco nada’. Diles eso. Lo entenderán muy
bien…”.

Se trataba de crear condiciones idóneas para llegar a un acuerdo
político fraternal capaz de relevar a México de su compromiso histórico
con los republicanos. Un acuerdo según el cual México, muerto Franco,
quedara en libertad de construir una nueva relación con la España ya
gobernada entonces por Adolfo Suárez en las vísperas del Congreso
Constituyente cuya tarea abriría el camino de la compleja transición en
puerta.

Durante varios días, durante muchas horas, conversé con integrantes
del Gobierno republicano en el exilio. Ellos comprendían las razones
mexicanas y no representarían ningún obstáculo. “Hacia México solo
tenemos sentimientos de gratitud y de amor”, me dijo el presidente José
Maldonado
en presencia de Fernando Valera, José Giral y varios ministros
de su Gobierno.

López Portillo los invitó a venir a México. Regresé a París a
recogerlos. Viajamos juntos y no me despegué de ellos hasta el momento
estremecedor del discurso en el que, al cabo de una cena de gala
ofrecida en su honor en la residencia oficial de Los Pinos, el
presidente Maldonado, con la voz entrecortada por la emoción, con su
inconfundible acento asturiano, agradecía a los mexicanos su apoyo
permanente y su solidaridad invariable con la legitimidad republicana a
lo largo de ocho lustros.

Semanas después, el último Gobierno republicano español declaraba por
sí y ante sí: “Las instituciones de la República en el exilio ponen
término a la misión histórica que se habían impuesto. Quienes las han
mantenido hasta hoy se sienten satisfechos porque tienen la convicción
de haber cumplido con su deber”. 

*Rodolfo Echeverría fue embajador de México en España entre 1994 y 1998.