El País
Andrés Trapiello
20 de julio de 2014

Entre los refugiados del ‘Sinaia’ viajaban algunos de las mejores mentes de la República.

Un refugiado español en la cubierta de uno de los barcos que llegaron con exiliados a México. / Acervo Histórico Diplomático de México



Entre enero y febrero de 1939 cruzaron la frontera unos cientos de
miles de españoles en condiciones penosas y conocidas por todos:
vencidos, muchos de ellos enfermos, la mayoría hambrientos, arrecidos y
humillados por las autoridades franceses y los guardias senegaleses que
los trataban con saña y desprecio. En vista de ello la mayor parte luchó
desesperadamente por escapar de los campos, primero, y, después, de la
condición de refugiados que les obligaba a vagar por territorio francés
como apestados, sin papeles, sin dinero y sin idioma. De ese casi medio
millón de españoles lograron subir al Sinaia el 24 de mayo de 1939 mil quinientos noventa y nueve. Al día siguiente zarparían de Sète, en el Mediterráneo, rumbo a México. ¿Cómo lo lograron? ¿Quiénes eran?

Las historias grandes están hechas de pequeñas historias, pero es
raro encontrar una historia pequeña que observada con atención a la
debida distancia, si es humana, no muestre su grandeza. Es el caso de la
de ese buque.

Por los días que escribió uno Días y noches (2000), una
novela que relata esa travesía, alguien donó a la Fundación Pablo
Iglesias un documento excepcional, el listado de pasajeros del Sinaia.
En él figura nombre, edad, oficio o profesión, militancia política y
sindical y cargos desempeñados antes y durante la guerra de la mayor
parte de esos pasajeros. Están excluidos de él el nombre de las mujeres,
de los ancianos y de los niños que viajaban en condición de familiares.
Hombres: 953; Mujeres: 393; menores de 15 años: 253. Total: 1599.
Escalas: Madeira, Puerto Rico y Veracruz, adonde llegaron el 13 de
junio. “Porcentaje de analfabetos: 1,1%”. En este último dato se halla
en parte la razón del embarque.

El Sinaia era un vapor de bandera francesa, fabricado en
1924. Había servido como buque mercante, pero en los últimos años se
había pasado al transporte, más rentable, de soldados y peregrinos
musulmanes a la Meca, y en la travesía mexicana sobrepasó su capacidad,
por lo que muchos debieron viajar en bodegas y sollados asfixiantes en
condiciones de suma incomodidad. Lo fletó el Servicio de Evacuación de
Refugiados Españoles (Sere) con dinero de la República, por orden de
Juan Negrín y tras una invitación del presidente mexicano Lázaro
Cárdenas que vio en aquellos refugiados una contribución preciosa a la
modernización de su país. La Junta de Auxilio a los Republicanos
Españoles (Jare), creada en México por los socialistas, acusó al Sere de
favorecer a los comunistas, confirmando así que en el bando republicano
seguían con la Guerra Civil. ¿Eran todos comunistas? Desde luego que
no. A esas alturas probablemente no eran ni negrinistas.

En Puerto Rico, Negrín subió a bordo del Sinaia para dar a “sus” 1599 refugiados la bienvenida a tierras americanas —traje impoluto de hilo blanco, camisa de seda, corbata, zapatos de rejilla, canotier
y esos 1599 refugiados amordazaron su indignación y perplejidad —mangas
de camisa, ropa vieja, alpargatas— con un tensísimo silencio. En el
barco viajaban, en efecto, algunos destacados comunistas, Pedro Garfias o
Juan Rejano, que editaron mientras duró la travesía un periódico
ciclostilado, y un fotógrafo que llegaría a ser tan famoso como Capa,
David Seymour, Chim. Leyendo el periódico y viendo las fotos de
Chim se diría que aquel fue un crucero de placer. Pero lo cierto es que
a bordo del Sinaia viajaban 1599 personas tan entristecidas
como esperanzadas, enzarzadas a menudo en agrias y sordas disputas
políticas, y entre ellas algunas de las mejor preparadas de la República
española, abogados, médicos, ingenieros, maquinistas, intelectuales,
artistas y operarios cualificados que correspondieron a la generosidad y
visión de Cárdenas trabajando en México como en patria propia.
Recordaban acaso aquello que había dicho un antepasado de todos ellos,
gachupines y mexicanos, cuatro siglos antes: sólo es patria “donde se
halla el remedio”.