Actividades año 2001


Vinculos de Francisco de Borja con Carlos V
 

Ximo Company y Jaume Aymar
El sábado 13 de marzo, en el marco de la exposición “La Murtra y el Toisón”, el Dr. Ximo Company, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Lérida, pronunció una conferencia en la sede de la Fundación Cataluña-América San Jerónimo de la Murtra, bajo el título “Vínculos de Francisco de Borja con Carlos V”.


El Dr. Jaime Aymar, presidente de la Fundación, comenzó la presentación del Dr. Company mencionado que éste precisamente había nació en Potries, La Safor, la misma comarca en donde se erije el monasterio de San Jerónimo de Cotalba o de Gandía, de donde procedían aquellos cinco primeros monjes jerónimos, que fueron a vivir al Monasterio de San Jerónimo de la Murtra con motivo de su fundación.
 

El Dr. Company inició su charla mencionado que el emperador Carlos V y San Francisco de Borja se habían alojado algunas veces en el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra; además se da la coincidencia de que este monasterio tiene mucho que ver con el monasterio de San Jerónimo de Cotalba, al cual estaba muy vinculado también Francisco de Borja, y quizá aún más su esposa Leonor de Castro, donde infructuosamente luchó contra la terrible enfermedad que la condujo a la muerte en 1546.


Breve perfil biográfico de Francisco de Borja.

Francisco de Borja nació en Gandía en el año 1510, diez años después que el emperador Carlos V, y murió en Roma en el año 1527, catorce años después de la muerte del emperador. Coincidieron así, ambos personajes, en los años fundamentales de sus respectivas vidas.

Francisco llegaba por línea materna hasta el rey Fernando el Católico, lo cual le entroncaba con la casa real, es por ello que en diversas cartas de Carlos V, lo denominado “nuestro primo”, o “nostre cosí”, cuando el rey hacía redactar sus misivas en catalán.

Pero a parte de ello, cuando Francisco cumplió 18 años fue enviado por su padre Juan de Borja Enríquez, tercer duque de Borja de Gandía, a la corte de Carlos V. El duque explicaba al emperador que le enviaba a Franciscoporque comiencen servir estos hijos que Dios me dio al servicio de vuestra Majestad”.

Empieza así la primera gran ilusión y aspiración de Francisco de Borja: servir al rey. Servir, así mismo, a su pariente, amigo y señor, de forma (a la fuerza), exclusivamente temporal.


Las vicisitudes de la vida y la profunda influencia recibida de Ignacio de Loyola, harán que Borja acabe intercambiando el servicio temporal por el servicio eterno como jesuíta.
 

Francisco de Borja: entre el servicio temporal y el servicio eterno.

La decisión de Francisco de Borja de traspasar el umbral del servicio temporal para adentrarse plenamente en una entrega eterna fue una decisión aceptada, aplaudida y admirada por Carlos V.

Es cierto que el rey estaba apesadumbrado por la radical e inesperada decisión de su sirviente, pero en una carta que transmitió a Borja reconocía que “la determinación que me escribís (.) es santa y no puedo dejar de loarla”. Y añadía, además, algo que subrayaba la sutil clarividencia de aquel rey: “Y entiendo, -decía Carlos V- que de lo que emprendéis tendréis más envidiosos que imitadores, porque el teneros envidia costará poco y el seguiros mucho”.

Afinidades entre Francisco de Borja y Carlos V.

Se puede afirmar que los dos, Carlos y Francisco -cada uno a su manera-, buscaban a Dios. Sólo cambia el estilo y la radicalidad con qué lo hacía cada uno de ellos, afirmaría Company, en su exposición.

Cuando el emperador aún no había llegado definitivamente a Yuste, en 1557, es decir, antes de llegar a su voluntario destino de retiro, de paz y de silencio, ya reclamaba, insistentemente, la presencia de Borja a su lado.

Le reclamó y le tuvo a su lado diversas veces porque el emperador deseaba hablar con el padre Francisco de Borja, no sólo de grandes proyectos de orden político o diplomático, sino de sus cosas más íntimas (“propósitos, estado, casa, parientes y pleitos”..., como se nombra en su literatura epistolar). 

Pero sobretodo, el emperador tenía viva predilección por hablar con Francisco de temas que iban más allá de la pura inmanencia de las cosas. De hecho, sabemos por cartas entre Carlos V y Borja que el tema predilecto de las conversaciones del emperador con el padre Francisco de Borja era siempre el tema de “la paz que su Majestad desea hallar con su señor Dios”. Es decir, el tema del más allá, de la trascendencia. “Es curioso, pero los reyes del siglo XVI parece que se preocupaban por esas cosas, hoy en día en cambio, no sé si se preocupan demasiado, ni reyes, ni vasallos”, añadía el profesor Company.

Esta particular amistad entre el emperador y el padre Borja no fue una cosa de lunas o de días esporádicos, ni producto tampoco de momentos psicológicos difíciles. Duró toda la vida, abarcó todos los aspectos de la vida y fue consolidándose y fortaleciéndose hasta los últimos días de sus vidas.

Carlos V llamó por última vez a Francisco de Borja en diciembre de 1557, y éste le visitó y se estuvo con él durante dos intensos días. El emperador le rogó entonces que aceptara ser su albacea testamentario, a lo cual el jesuita respondía que “esto fue una merced y regalo no hechos a nadie, ni aun a sus muy conjuntos en obligación”, es decir, a sus familiares y amigos más cercanos. 

Es evidente que cuando alguien se encuentra a las puertas de la muerte reclama por albacea aquel con quien más confianza tiene. Y el gran Carlos V la tenía plenamente, qué duda cabe, con el padre Francisco de Borja. Y la tenía -diría Company- no solo a un nivel puramente humano, sino también, de acuerdo con la literatura epistolar nombrada, a un nivel mucho más profundo, es decir al nivel de reconocer en Borja la figura de un verdadero padre espiritual.

Son por tanto, dos personalidades extremamente afines, con itinerarios vitales sensiblemente diferentes. Uno fue el todopoderoso emperador del mundo del siglo XVI, el otro en cambio, se esforzó por convertirse en un insignificante siervo de Dios por los siglos de los siglos.

Así fue por ejemplo, en relación al estilo de pobreza voluntaria aceptada por Borja, tal y como lo explica el jesuíta, en la mencionada y última visita que hizo al emperador en Yuste, en diciembre de 1557. Dice, en una de sus anotaciones, que el emperador  “me envió una limosna de su pobreza, con obligación que la tomase..., y añadió que cuando tenía más, me había dado más, pero ahora, como pobre, daba a otro pobre”. “Y esto –añadía Borja-, es señal del amor que tiene, que lo muestra con obras y señales externas”.

No deja de ser muy curioso, el hecho de que el hombre más poderoso de la Europa del siglo XVI, confiese abiertamente que de forma voluntaria se ha hecho pobre, y que desde su pobreza está dispuesto a dar limosna a otro pobre.

Desafortunadamente, Francisco de Borja, no pudo asistir al amado emperador en sus últimos momentos, (murió en Yuste el 21 de septiembre de 1558), pero se sabe, eso sí, que el rey en todo momento preguntó por su amigo: “¿dónde está el padre Francisco?”, repitiéndolo en más de una ocasión.
 

 

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