“El Preguntador”


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os indígenas mexicanos llamaban “el preguntador” a aquel hombre barbado que indagaba sobre las propiedades de las plantas nativas del Nuevo Mundo.  Era Francisco Hernández, nombrado por Felipe II protomédico general de las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano. Francisco Hernández se dedicó durante siete años a recorrer gran parte de la entonces Nueva España acompañado de su hijo. Su misión era preparar para el rey un informe detallado, completo y documentado de la medicina y sus elementos curativos  en dicho territorio.

Francisco Hernández tuvo relación con monasterios jerónimos como Guadalupe y El Escorial. Posiblemente también haya visitado el monasterio  de Sant Jeroni de la Murtra con el mismo Felipe II, en su estancia de mayo de 1581. La Murtra contaba con botica propia, ubicada en la Obra Nova (s. XVI), y un jardín botánico, además de una importante biblioteca con títulos de farmacia. Otro posible contacto de los jerónimos de Sant Jeroni de la Murtra con la obra de Francisco Hernández es el hecho de que periódicamente la Murtra enviaba un colegial a El Escorial. También podríamos hacer un símil entre Francisco Hernández, quien realizara la primera expedición científica al Nuevo Mundo, y el jerónimo de la Murtra, fray Ramon Pané, considerado primer etnólogo y evangelizador de América al acompañar a Colón en su segundo viaje y dedicarse a relatar la vida de los indios taínos en la Hispaniola, ahora Haití y República Dominicana.

Del viajero

Francisco Hernández nació en Puebla de Montalbán, Toledo, en 1517 ó 1518, y murió en Madrid en 1587. Médico y botánico, completó sus estudios en Alcalá de Henares.  Sirvió en el Hospital y Monasterio de Guadalupe y en el Hospital Mendoza, de Toledo, y a partir de 1567 fue médico de cámara de Felipe II.

Hernández pertenece a las primeras generaciones de médicos españoles que conocieron, traducidos al latín, los tratados de medicina de Hipócrates, de Galeno y de Avicen, los tres clásicos de la antigüedad cuyas ideas sobre la salud y la enfermedad volvieron a prevalecer en la práctica médica de la Europa del renacimiento. Como médico, Hernández adquirió fama por su habilidad y conocimientos practicando la medicina en diversas ciudades de España: Toledo, Sevilla, Granada y Guadalupe, donde existen registros de su estancia. Por cartas y escritos de sus contemporáneos se sabe que gustaba de colectar  y clasificar plantas.  Esto le permitió adquirir muchos conocimientos sobre la flora medicinal de su tierra y poner en práctica lo aprendido en la Historia natural, escrita por Cayo Plinio (23-79 d.C.).  De esta obra Hernández  hizo la traducción al castellano.

Vivió en Sevilla, donde se casó con Juana Díaz de Paniagua, con la que tuvo a Juan (quien le acompañara en su viaje) y a María. De Sevilla fue al monasterio de Guadalupe como médico. Poco tiempo después fue a Toledo para hacerse cargo de los hombres más famosos de la época. Sin duda, sus conocimientos sobre las plantas y sus propiedades curativas hicieron que Felipe II lo seleccionara para viajar al Nuevo Mundo.

De 1570 a a1577 Francisco Hernández vivió en el Nuevo Continente cumpliendo fielmente la labor que le encomendó. En 1587, diez años después de su regreso, murió este científico renacentista, tras haber luchado en la corte por defender su trabajo. Hernández es considerado como el primer europeo que realizó una expedición científica a tierras americanas.

Del viaje

<<...a vos, Dr. Francisco Hernández, nuestro médico, mandamos ir a hacer la historia de las cosas naturales de nuestras Indias por la noticia y experiencia que de cosas semejantes tenéis... acatando vuestras letras y suficiencia y lo que nos habéis servido y esperamos que nos serviréis>>. De esta manera Felipe II mandó a las autoridades de todas las provincias de América que le facilitaran el trabajo a Hernández. Durante su estancia ejerció en el Hospital Real de Indios de México, recorrió investigando la flora y estudió la epidemia de cocoliztle de 1576, habiendo de practicar autopsias para descubrir la causa de la enfermedad.

El viaje del protomédico tuvo, además de la vertiente científica, una causa comercial y de poder. El gobierno español sabía que su comercio con el resto de Europa y la supervivencia del poder de su imperio dependían de la explotación de todos los productos de las nuevas tierras. Una vez terminada la fase de conquista y, habiendo logrado una estabilidad política y social, esta tarea resultaba más fácil.

Durante siete años Francisco Hernández anduvo por tierras americanas, preguntando con la ayuda de intérpretes de las regiones, sobre las plantas medicinales, sus propiedades, manera de colectarlas  y beneficios.  De aquí le vino el nombre que los indígenas le asignaron: “el preguntador”. Tres pintores indígenas, tlacuilos, le ayudaron  en esta gran empresa que se tradujo en los más de dos mil ejemplares clasificados. Ellos fueron los bautizados como Antón, Baltazar Elías y Pedro Vázquez, quienes plasmaban en papel todo aquello que le interesaba al “preguntador”.

Esta expedición científico-comercial, nos indica Xavier Lozoya, “marcó el inicio de un complejo proceso de introducción de la ciencia española en México, que modificó a indígenas y españoles por igual. Cuatro mil años de contacto con la naturaleza habían forjado el conocimiento indígena americano sobre la flora y fauna de sus territorios. Los pueblos mesoamericanos (región central de América) eran, en el momento del encuentro con los europeos, el destilado social y político de siglos múltiples transformaciones. (...) Edificios, códices, pinturas murales y jardines didácticos eran el testimonio mudo que recorría Hernández”. Los titici eran los médico indígenas que se encargaban de proporcionar los remedios para todos los males.  Seguramente Hernández tuvo mucho contacto con ellos.

Fue un viaje difícil, como se lo relata a su amigo Benito Arias Montano en una carta escrita en los últimos años de su vida y en la que se refleja su desengaño ante el trato que sufrió su obra. Algunos fragmentos de la carta dicen: <<Guiados por los altos luminares del cielo, (re) corrimos toda la Nueva España, sus ríos y montes, ciudades y pueblos. Callaré las penosas fatigas que por largos siete años sufriera ya en la vejez, sin la sangre ardorosa de mi juventud, cruzando dos veces el piélago (océano), peregrino por tierras ignotas en extraños climas, sin comer el pan que  solía, y abrevando la sed muchas veces en aguas impuras. No hablaré (de) los calores ardientes y los fríos intensos contra los que no valen recursos de la humana industria o de las boscosas alturas, de las selvas hostiles, de los ríos, lagunas y lagos y de los temibles pantanos inmensos>>.  En esta misma carta habla de su desconfianza hacia los intérpretes y nativos y de los obstáculos que le pusieron los poderosos. Además de las veces que puso en peligro su vida probando los efectos de las plantas.

De las huellas al viaje

Francisco Hernández ha legado a la humanidad la savia de su espíritu renacentista. Aunque, lamentablemente, se ha perdido gran parte. A la corte impresionó su hazaña por la tenacidad de su esfuerzo y la claridad de su trabajo. Pero, al parecer, los planes reales no eran los de dar a conocer la obra de Hernández, que engalanaba la alcoba del rey. Aquellos dibujos de aves y plantas exótica belleza resaltaban en los muros de El Escorial. Una vez conocida la copiosísima información, surgieron dificultades para su edición e impresión. El rey ordenó la obra y el manuscrito pasó de mano en mano, de proyecto en proyecto, hasta que quedó olvidado.

A la muerte de Hernández, Felipe II comisionó al médico Nardo Antonio Reccho para que hiciera un compendio de los manuscritos, pero el resumen no correspondió a los deseos del rey ni a la calidad de los trabajos originales, pues omitió cuanto le parecía ajeno a la medicina y no trató el material perteneciente a la historia natural de las islas Filipinas (islas que llevan este nombre en honor a Felipe II). Este trabajo fue comprado por Federico Cesi, quien lo editó en Roma en 1628, con el título de “Rerum medicarum Novae Hispaniae thesaurus”. En 1648 Juan Terencio y Linceo Fabio Columna hicieron otra impresión: “Nova platorum, animalium et mineralium mexicanorum historia a Francisco Hernández in indis primum compilata, deinde a Nardo Antonio Reccho in volumen digesta”.  El 17 de julio de 1671 se incendió El Escorial y en él se perdieron una gran parte de los manuscritos de Hernández y con ello la posibilidad  de lograr una compilación más fidedigna y completa. Sin embargo, el doctor Casimiro Gómez Ortega, ayudándose de las compilaciones anteriores y de nuevos materiales localizados en el Colegio Imperial de los Jesuitas de Madrid, publicó en 1790 “Francisci Hernandi, medici atque historici Philippi II, hispan  et indiar.  Regis, et totius novi orbis archiatri. Opera, cum edita, tum medita, ad autobiographi fidem et jusu regio”.

Un proemio inédito de Hernández dirigido a Felipe II, la descripción de varias plantas de la India Oriental e Islas Filipinas y los “Cuatro libros  de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales que están recibidos en uso de medicina en al Nueva España”, publicados en México en 1615 por fray Francisco Jiménez, constituyen un Epítome en castellano de la obra principal hernandiana. Su labor también inspiró a otros hombres sensibles al mundo indígena como Bernardino de Sahagún (1499?-1590), Gregorio López (1542-1596), Juan de Barrios (1563-¿), Agustín Farfán (1532-1604), entre otros.

Sin duda “el preguntador”, este médico, naturalista y expedicionario, fue un hombre de síntesis, como la época en que vivió. Espurgó en el pasado y extractó de la antigüedad clásica los conocimientos de la medicina. Con el mismo espíritu científico renacentista se aventuró a cruzar el Océano con sus misterios y enfrentarse a ese Nuevo Mundo: seres humanos de costumbres y lenguajes diferentes a los suyos; plantas y animales, también diferentes, con un universo nuevo que mostrarle.
 

* Publicado en la revista RE (Edición castellano), Época 5. número 45. pp. 57-60. julio de 1999
 

 
 

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