Liberar la identidad


De la historia podemos hacer un elemento pacificador, ella es nuestro origen, o un elemento de enfrentamiento si nos hacemos herederos de resentimientos.

Nuestra identidad personal se explica por nuestra biografía. Lo que somos es producto de lo que hemos sido. El pasado personal se extiende en el presente y lo determina, positiva o negativamente.

Igual sucede a escala de los grandes colectivos humanos. La Historia de una región o pueblo –del cual uno es producto- ha de conocerse en su versión más aséptica. Genera paz enseñar dicha Historia  para que se recuerde con cariño –desde un aspecto existencial, no ético-, sin apasionamientos, con serenidad y hasta con agradecimiento: pues si la Historia no hubiera sido así, tal como fue, ninguno de los que estamos aquí, existiríamos ahora. En nuestro lugar habrían otros seres, hoy inexistentes. Esto no quiere decir que no se tenga que saber  de las acciones desatinadas e inmorales ocurridas en el pasado.  Hay que saberlas, sí; para no repetirlas ahora.

Asumir, de esta manera, la memoria decantada de siglos nos lleva a incluir todo lo pasado, con paz y alegría, dentro de lo que uno es. Aceptándonos tal como somos –pues es nuestra única posibilidad que tuvimos de existir-, libres de resentimientos, culpas (y glorias) que pertenecen al pasado –y no a nosotros que entonces no existíamos- y aceptando, con alegría de existir, también todos los determinantes históricos, por ominosos que hayan sido, es como se puede ser uno mismo, auténtico, con identidad propia.

Dimensión comunitaria

Si acepto que soy, y me acepto como soy, gracias a mi pasado concreto, entonces puedo aceptar a los que, producto también de una Historia concomitante, coexiste conmigo; y puedo aceptar que sean tal como son. Trabajando juntos, con gozo, para ser mejores.

Esta dimensión de identidad comunitaria da pie a un “ser como somos”, a nuestro ser–nosotros-mismos. A nuestra autenticidad, a nuestra identidad propia.

Vivir conforme a esta noción de identidad es una experiencia pacificadora, personalizadora, creadora y festiva.

Forjar identidades

Pero hoy, en diversos ambientes de América Latina, hay quienes están empeñados, lamentablemente, en forjar una identidad a la inversa: intranquilizadora, globalizante, rescatadora de mitos y resentimientos contra España y Occidente y, además, violenta.  Podríamos preguntarnos ¿a cuenta de qué?

Hay quien dice –y no sin razón- que “la Conquista de América es en el más alto grado un pasado viviente”, pero un pasado que se rechaza, pues se ve en él que “los problemas económicos, sociales  y raciales que se crearon con motivo de la Conquista..., subsisten aún”. No obstante, la Conquista a pesar de haber sido lo que fue, no es ella la causante de los actuales y difíciles problemas que atormentan la América Latina. Los culpables  de estos injustos desequilibrios no hay que buscarlos en el pasado inexistente ya (por este motivo es impensable que se promuevan celebraciones penitenciales en el interior de la Iglesia, en el marco del V Centenario; puesto que es imposible hacer penitencia y arrepentirse por el mal que hace siglos hicieron otros. De los males que hacemos ahora, de eso sí debemos arrepentirnos).

Indigenistas

Buscando una salida a estos problemas, ciertos ideólogos latinoamericanos y otros occidentales extranjeros “proamericanistas”, o Indigenistas, han avanzado dolosas y erradas  soluciones para dotar al continente de una pretendida “identidad” (“de sabernos quienes somos”, de la cual –según ellos- se carece a gran escala. Los Filósofos, y tras de ellos los Teólogos de la Liberación, han querido introducir una “Identidad” que tutele una “liberación” de todas las opresiones que han sobrevenido con una historia que ahora se rechaza, que se considera extraña, no propia, y de la cual son vergonzantes. Es la historia –según ellos- ignominiosa de América, cercenada brutalmente por España y Occidente hace quinientos años.

Estos ideólogos, oscuramente, parecen querer redimir ese –que llaman- “mayor genocidio de la historia humana”. A diferencia del Aufebung hegeliano, con el que se explica la conciencia histórica europea, que consiste en superar la historia asimilándola, pretenden remediar estos quinientos años con una amputación. Querrían seccionar aquella parte que consideran “podrida” de “esa” historia.  Zafarse de ese lastre doloroso. Comenzar desde cero. Inaugurar con una legión de latinoamericanos una nueva historia de la cual puedan sentirse dignos y orgullosos. Tienen, pues, que emprender “La Liberación”.

Estos hombres están convencidos de su verdad.  Se creen el verdadero “Pueblo de Dios”. Creen que la “Cristiandad” europea en América vivida durante cinco siglos, sustentadora de la Conquista, patrocinadora de la Colonia y  enmascadora de las situaciones  de opresión a partir de la Independencia, enferma también, ha de dar paso al verdadero “Cristianismo”, el de los pobres, el de los que claman justicia, el de los que “luchan” contra la opresión de los poderosos del mundo.

La contraconquista

“También hay otros, que enarbolan la misma bandera de la liberación desde la ensenada más política. Son los de la “Contraconquista”, los que quisieran desalojar de América (de la “Pacha Mama” o de la “Abia Yala”: tierra madura) a todos  los que creen continuadores de “esa” historia de expoliaciones y genocidio: los criollos descendientes de españoles, y los mestizos que no se adhieran a sus intereses “liberadores”, reivindicativos y violentos.

La “Contraconquista” afecta la médula del ser de los actuales latinoamericanos, y ya va haciendo escuela. Bajo la sombra de la “identidad liberadora”, los promotores de la Contraconquista siembran un revanchismo lacerante, endémico, en la conciencia y en la concreta forma de existir del latinoamericano que le lleva a no aceptarse existencialmente tal como  es. Por querer hacer un bien, estos ideólogos hacen un mal. Un americano que sueña con un desquite a su Historia es una persona resentida que se siente engañada.  ¿Cómo es posible sacarle un desquite a una parte de su propio ser? Por que el americano concreto, el que realmente existe, es un heredero mestizo de la cultura occidental europea arraigada a la forma peculiar de cada región americana. ¿Qué identidad quieren rescatar, la Quichua, la Arawak, la Araucana, la Maya... la de una de tantas tribus de Costa de Marfil, hoy inexistentes?

No existen identidades puras

Más aún, si por contrapartida, alguien quisiere rescatar una identidad hispana, tendría que desistir de su empeño por imposible. España se sabe un rico conglomerado de culturas y etnias que hunde sus raíces en primitivos pueblos íberos y celtas. Raíces alimentadas por fenicios, cartagineses, romanos y diversos pueblos nórdicos. En siglos recientes, el amalgamado se hace más profuso: es  significativo que el primer poeta que se conoce en lengua castellana, nacido en el 1087, sea el hebreo Yehuda Halevi. Este cultísimo poeta, además del castellano primitivo, ¡no sólo versificó en su lengua, sino que también lo hizo en árabe!.

¡Y que decir del aporte de América y de cinco siglos de cultura occidental con los que se ha forjado la España actual!

No existen identidades puras. Ni los olímpicos dioses helénicos que podrían aparecer como arquetipos de la identidad griega eran impolutos: estaban contaminados de deidades egipcias y asiáticas.

Es en la medida con que un pueblo se acepta tal como es, con agrado, con paz, con espontaneidad y con fiesta que es más sí mismo. En eso consiste su identidad. No en dolorosos e imposibles rechazos y amputaciones a su propio yo imbricado en la Historia, ni en correr a ciegas en pos del espejismo de identidades puras que nos liberen.

Rehacer el presente en libertad

Descubrir –con sorpresa- que una mínima alteración en la Historia anterior a nosotros hubiera bastado para que no existiéramos, nos ha de tornar en autores de nuestra propia vida. No resignadamente, sino con el gozo y la esperanza de cambiar aquello que realmente está en nuestra mano transformar, dentro de nuestro entorno presente.

Nuestra identidad –lo que somos-, españoles y americanos, no ha de rechazar lo que ha hecho posible que llegáramos a ser. Antes bien, debe conocerlo y asumirlo. Nuestro ser comporta un riquísimo pasado milenario en muchas vertientes, y este mismo pasado nos hace libres –incluso de la Historia misma-, pues no somos autores.

El realismo existencial nos ayuda a transformarnos continuamente, rehaciendo el presente en libertad. Nos ayuda a ser personas creativas, con una identidad que apunta hacia un más, hacia un ser más sí mismos, más autores de la vida en plenitud. Nos ayuda a acoger a los demás con la alegría y la novedad de sabernos libres y hermanados, precisamente, gracias a la Historia.

* Publicado en la revista RE (Edición castellano), 3.ª etapa, número 27. pp. 36-37. julio de 1991


 
 

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