Los del 98 y América Latina

Por: Alvaro E. Duque Soto.

Como algunas conmemoraciones resultan inevitables porque la onda que genera termina por arrastrar hasta quienes desean permanecer al margen de faustos y llantos, es necesario plantearse cómo sacar algún provecho de lo que acontece con los acontecimientos para no quedar cariacontecidos.

Así, en este artículo se quiere sugerir y provocar una reflexión acerca de las relaciones entre América Latina y España, a partir de correspondencias entre los escritores españoles de la mal llamada “generación del 98” y la realidad latinoamericana de entonces. Las semejanzas del presente con ese pasado son muchas. A veces incluso parece que hay calco. Por eso conviene tanto hacer altos y actos de  rumiadura.

Lo primero a subrayar al referirse a la denominada “generación del 98” es que tal cosa no existe. Mejor dicho, existe pero de manera artificial, así digan lo contrario quienes se esfuerzan en aprobar el modo, que no al método, de división generacional para establecer un cierto ordenamiento que simplifique el estudio de cuestiones complejas como la literatura y el arte en general.[i]

Los científicos sociales se equivocan, cada vez que quieren extrapolar sin matizaciones metodologías que corresponden a las ciencias naturales (para el caso de clasificaciones de tipo generacional se toma en préstamo un modelo que proviene de la biología). Es lógico, pues lo social no es algo exacto sino, al contrario, un asunto en permanente trance de evaporación cuando se lo pretende asir.[ii]

Hay que atender, entonces, a quienes advierten desde hace mucho que analizar los hechos por medio de la periodización de generaciones, amerita tomar reservativos para no caer en embarazosas repeticiones, con el riesgo de recibir gato biológico por liebre histórica.

¿Qué es el 98?

El término “generación del 98” pretende designar una serie de literatos que, a más de aportar meros elementos estéticos, tomaron conciencia de la necesidad de influir culturalmente en el rumbo de una España que en 1898 se encontró fracasada —sumida en el marasmo, de acuerdo con la terminología de la época—, entre otras razones, por la pérdida de los últimos reductos coloniales insulares: Filipinas, Cuba, Guam y Puerto Rico, tras una guerra corta contra Estados Unidos, que se produjo justamente cuando en una carrera desenfrenada todas las grandes potencias, salvo Austria-Hungría, libraron guerras coloniales para extender sus posiciones en otros continentes.[iii]

Los del 98, al asumir la responsabilidad de guías sociales, de antorchas iluminantes antes que incendiarias, fueron los primeros intelectuales, en el sentido moderno de esta acepción.[iv] No nacen, ni escriben sus principales obras en ese año, pero hacen referencia al mismo porque lo sucedido en él marca sus creaciones, no en la temática, sino en la manera en que se aproximan a la realidad.[v]

Aun cuando antes se había expuesto de modo tangencial,[vi] se tiene como introductor del término a José Manuel Ruiz, Azorín, quien escribió en febrero de 1913 cuatro artículos en el diario ABC de Madrid en los cuales habló de una serie de jóvenes literarios que no sólo renuevan el panorama nacional de las letras sino que están unidos por “un espíritu de protesta y de rebeldía” frente al desastre ocasionado por el fallo de toda la política española, encerrada en caciquismos (un vocablo traído con desprecio de las estructuras de gobierno de algunas comunidades aborígenes de América) y enceguecida al pretender el mantenimiento de pretéritas proezas imperialistas frente a realidades distintas, como el naciente imperio estadounidense y el clamor autonomista de los territorios de ultramar no alcanzados por la onda independentista de la primera parte del siglo XIX.[vii]

Los literatos del 98 abogaron por una reconstrucción de España desde el interior, ahondando en los exámenes introspectivos y en el rescate de los valores más propios y típicos, como, vale decir, resultaba sensato si se considera que los españoles, que en número cercano a 300 mil habían participado en las guerras de Cuba y Filipinas, terminaban la centuria como la empezaron: en guerra.[viii] Cambiaron los contrincantes. Primero, Francia; luego, Estados Unidos. Y la revisión, la regeneración (un término con mucha carga política entonces) pasaba también por dejar a un lado sus preocupaciones de ultramar para volver los ojos en dirección a Europa, su sitio natural.

Dichas actitudes de recogimiento interior y de poner como horizonte de referencia a Europa, denotaron un desinterés por América. En esta tierra, según el Idearium Español de Angel Ganivet, el libro que servía de guía a los del 98, se había malgastado hasta extinguirlo, el espíritu hispano.

Quizá ahí se revela el motivo por el cual, de los autores indicados en las listas  anónimas de Azorín, (que no incluyó al Premio Nobel Benavente, como tampoco a Blasco Ibáñez ni a Marquina ni a los catalanes Verdaguer y Maragall), ninguno escribió grandes cosas sobre el Nuevo Mundo. 

La visión de América

No es correcto, sin embargo, derivar de tal aserto conclusiones que no corresponden a la verdad. En el conjunto de las realidades nacionales de España y de América Latina que tienen como uno de sus idiomas el castellano, los escritores y en general los artistas de ambos lados del Atlántico, y ya no sólo los de la mal denominada “generación del 98”, tuvieron confluencias y acercamientos de hondo calado, como quizá nunca había ocurrido ni ha vuelto a suceder.

Basta recordar el hecho de que en la que pretenden sea la generación del 98 estaba el nicaragüense Félix Rubén García Sarmiento, Rubén Darío, el ariete mayor del modernismo. Y de modernismo, entendido no como escuela literaria sino como actitud, como talante, puede hablarse con menos reservas que de generación. Sobre todo si se pone de presente que el modernismo fue la respuesta en castellano a la crisis espiritual y artística de finales del siglo pasado. Fue un grito contra el utilitarismo rampante, el positivismo y el determinismo científico. Para lo que interesa en este artículo, hay que afirmar que fue el único hilo conductor de los artistas de fin de siglo. Tarde que  temprano, todos, cualquiera que fuese su trayectoria en la creación plástica o política, pasaron por el modernismo, que llegó y se consolidó en España con Rubén Darío. Así, en plan de caricaturistas, puede plantearse que en el núcleo de los artistas españoles finiseculares estaba América.[ix]

La correspondencia de Unamuno con Reyes, con Borges y con otras figuras mayores de las letras en Latinoamérica a principios de este siglo.[x] Los encuentros de escritores españoles que estuvieron en territorio americano en calidad de conferenciantes invitados, de representantes diplomáticos o de exiliados políticos. Las relaciones que pueden establecerse entre grandes novelas latinoamericanas y producciones españolas inmediatamente precedentes (el caso de Yo, el supremo, de Roa Bastos, El señor Presidente de Asturias y Cien años de soledad de García Márquez con el Tirano Banderas de Valle-Inclán, es claro). La invitación permanente a buscar una auténtica alma americana, que revalorara lo más propio, de manera que, desde el particularismo, se hallaran puntos de encuentro con el resto del mundo. Todo lo anterior es como un conjunto de hebras a partir de las cuales puede halarse para ir obteniendo los diversos hilos conductores de la relación entre América Latina y los escritores de la llamada Generación del 98.

Hay, como se ha dicho, interesantes puntos de encuentro entre América Latina y los del 98 español.[xi] Incluso Azorin, el más encerrado en el ensalsamiento casi exclusivo de su Castilla, llegó a escribir, refiriéndose al mejicano Amado Nervo: “«El más alto poeta que existe hoy en la lengua castellana es también venido de América; hablo del queridísimo Rubén Darío. Él es de quienes continúan la tradición, la línea, la estirpe maravillosa de los Berceo, Juan Ruiz, Garcilaso, Góngora, Espronceda y Bécquer; después de estos y por derecho propio, viene el autor de Prosas Profanas. Y a su alrededor, o circulando en distintas órbitas, tenemos a poetas como Eduardo Marquina (...) a Juan Ramón Jiménez (...) a Antonio y Manuel Machado (...)».[xii]

Unamuno hablaba de América como la “España grande y del porvenir, la tierra de promisión”. Valle-Inclán viajó en busca de los aires refrescantes y rejuvenecedores de América. ¿Por qué va al México legendario le preguntaron? «Por qué se escribe con “x”», dijo. Francisco Villaespesa, encantado por el exotismo americano, recorrió a caballo los Andes.

Una reflexión con los del 98

Como se dijo al principio, el centenario de los hechos del 98 debe aprovecharse para reflexionar sobre las relaciones España - América Latina, pensando más en el porvenir que en el pasado.

El conflicto hispano estadounidense marcó un hito en los asuntos mundiales, pues señaló el surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial. Los latinoamericanos supimos el verdadero significado de la famosa frase del presidente Monroe “América para los americanos”. Entendimos que a  americanos no se anteponía latino, se trataba de otra cosa. Perdimos el gentilicio y comenzamos a perder la tierra, como se vio luego en Panamá.

No fue una cuestión de poca monta ese descubrimiento pues las políticas regionales se han sujetado demasiado desde entonces a la estrella polar del Norte que representa Estados Unidos. El uruguayo Rodó en su obra Ariel, en la que aboga contra la “deslatinización” y la “nordomanía” de América Latina, ya subrayaba a principios de siglo que la América española corría peligro de verse ahogada por el naciente Estados Unidos.

Tal vez entonces conviene preguntarse si América Latina siguió la invitación a descubrir sus raíces que le hizo el grupo generacional del 98. Qué tanto ganó y cuánto perdió el subcontinente en este siglo en que se alejó de Europa para seguir —no siempre voluntariamente— los derroteros estadounidenses. Esta es una pregunta pertinente  en la conmemoración.

A un siglo del llamado para que volviera la mirada a Europa que hicieron quienes desde diversos sitios de la península llegaron a Castilla, España hoy hace parte con pleno derecho de la Unión Europea. Está con sus hermanos en la casa que le corresponde. Ello, que está muy bien porque, además es natural, inquieta a los latinoamericanos que se demandan hasta qué punto el ingreso a Europa y algunos problemas internos graves, como el desempleo, pueden contribuir a un olvido o a un desentendimiento de su “yo americano”. 

A este respecto, España no debería perder de vista que lo que la diferencia del resto de sus pares europeos es que estos serán de mayor, igual o menor talla, pero carecen de una proyección ultramarina de las dimensiones de una América Latina que tiene interés, desde su particularidad, en fortalecer los lazos con España y Europa. América es la gran reserva de la política exterior española.[xiii]

En un registro idealista, puede afirmarse que el modernismo sirvió para reinventar los lazos entre América Latina y España. ¿Porqué ahora los vínculos culturales, por ejemplo, pero no exclusivamente, no pueden tender puentes de encuentro?. Aquí sí, por tanto, hablemos de generación, en su primera acepción, o sea en el sentido de engendrar.

“Hace siempre falta a la creación el tiempo perdido en destruir”, decía Rubén Darío, cuando hace un siglo vino a Barcelona con su “Salutación del optimista”, para animar a España a reiniciar su vuelo. En 1996, quien redescubrió Azorín para los españoles fue el peruano Mario Vargas Llosa en su discurso de ingreso a la Real Academia Española.[xiv] Algo hay de similar en ambas historias. Quizá un signo que está por descifrar completamente. Mientras se desentraña, esperemos que en el siglo que viene los latinoamericanos, fortaleciendo sus peculiaridades, sus herencias africanas e indígenas, puedan estar, parafraseando lo que dicen los mejicanos, más lejos de diablo y  más cerca de Europa.


[i] Para una defensa del  modelo generacional, ver Marías, Julián (1967): El método histórico de las generaciones, Ediciones Revista de Occidente, Madrid. 

Un buena crítica al modelo, que incluye una propuesta metodológica distinta que lo reemplace, en Navas, Gonzalo (1996): “Contrateoría del 98” en Letras Peninsulares, segunda trimestre, pp. 85-92.

[ii] Entre las pocas aportaciones interesantes del llamado pensamiento posmoderno, habría que destacar su apelación a desconfiar de los paradigmas, por ser falsos refugios intelectuales hacia los cuales se tiende pues significan comodidad, al corroborar lo establecido. Esto impide la exploración de modelos nuevos de conocimiento en un campo específico (Vattimo). 

[iii]Bruun, Geoffrey (1990, séptima reimpresión): La Europa del S. XIX (1815-1914): Fondo de Cultura Económico, México, p. 171 (original en inglés, 1959). Sobre el tema, ver también: 

Hobsbawn, J. (1990): La era del imperio (1875-1914), Labor, Barcelona. Igualmente, Carpentier, Jean y Lebrun, Francois, eds. (1992): Breve historia de Europa, Alianza, Madrid.

[iv] Fox, Inman (1997): La invención de España, Cátedra, Madrid, p. 113.

[v]No es 1898 el año de una mera derrota militar o de un resentimiento de grande magnitudes de la economía nacional. Es más bien la fecha fuerte de la reflexión sobre España, por parte de una mentes a las que el desastre sirvió de revulsivo.

[vi] Sobre la genealogía de la expresión “generación del 98” ver:

Mainer, José Carlos (1981): La edad de plata (1902-1931), Cátedra, Madrid.

Salinas, Pedro: Literatura española. Siglo XX, Alianza, Madrid. 

Suárez Miramón, Ana: Modernismo y 98. Rubén Darío, Cincel, Madrid.

[vii] Para una crítica a la oligarquía, al caciquismo, al militarismo, al clericalismo y, en general, a todo cuanto contribuyó a la crisis de fin de siglo, ver Costa, Joaquín (1903): Oligarquía y caciquismo o la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla, Madrid.

[viii] Entre 1808 y 1840 España vive un periodo bélico, que se incia con la guerra de la independencia contra la invasión napoleónica, se prolonga con las guerras de enmancipación de las repúblicas hispanoamericanas y termina con la guerra carlista.

[ix]Hay un desarrollo de esta idea en Fernández Molina, Antonio (1982): Antología de la poesía modernista, Jucar, Madrid, pp. 16 y ss. También se recomienda el texto de Ricardo Gullón (1989) que sirve como introducción a Páginas Escogidas de Rubén Darío, Cátedra, Madrid. 

[x]El epistolario unamuniano con América incluye también los nombres de los uruguayos Alberto Nin y Frías, Juan Zorrilla y José Enrique Rodó. De los argentinos, Pedro Jiménez Iludain y Manuel Gálvez. De los chilenos Nicolás Guillén y Ernesto Guzmán. Del costarricence J. García Monge.

[xi]Ver Holguín, Andrés (1969): “Unamuno y América”, en Las formas del silencio y otros ensayos, Monte Avila, Caracas, pp. 193-216. También la Autobiografía de Rubén Darío, reimpresa por Oscar Mondadori en 1990.

[xii]Nervo, Amado (1991): “El castellano en América”, en Obras Completas, tomo II, Aguilar, México, pp. 93-96.

[xiii]Herrero de  Miñón, Miguel (1996): “España en el mundo”, en Entre dos siglos. Reflexiones sobre la democracia española. Javier Tusell, Emilio Lamo de Espinosa y Rafael Pardo, eds.,  Alianza y  Fundación Ortega y Gasset, pp. 3-26.

[xiv]Con su ingreso, el 15 de enero de 1996, para ocupar el asiento correpondiente a la letra “L”, se produjo el retorno del español de Latinoamérica a la Academia, que contó en el s. XIX con un representante colombiano y uno mejicano. Entonces no existía la norma de que los miembros de la institutción debieran tener nacionalidad española (Vargas Llosa la obtuvo en 1993) y en muchos países hispanohablantes no habían abierto puertas las correspondientes de esa casa que “pule, fija y da esplendor” a la lengua española.

 

 
 

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